La vocación es la inclinación a cualquier estado, carrera o profesión.
El término proviene del latínvocatio y, para los religiosos, es la inspiración con que Dios llama a algún estado
de vida. Por eso el concepto también se utiliza como sinónimo
de llamamiento o convocación.
A
nivel general, la vocación aparece relacionada con los anhelos y con aquello que resulta inspirador
para cada sujeto. Se supone que la vocación concuerda
con los gustos,
los intereses y las aptitudes de
la persona.
La
vocación también es considerada como un proceso que se desarrolla durante toda
la vida, ya que se construye
de forma permanente. Implica descubrir quién
soy, cómo
soy y hacia
dónde quiero ir. Las respuestas a esos interrogantes marcarán la vocación y
el camino a seguir por el individuo.
Sin
embargo, el proceso de descubrimiento de la propia vocación es muy complejo
y no es igual para todas las personas. Hay quienes creen haber sabido desde
siempre que sienten un fuerte lazo con una determinada disciplina, y
éstos contrastan con las personas que llegan a la mitad de sus vidas y se
preguntan qué han hecho y por qué. La orientación vocacional suele fallar más
veces de las que acierta, ya que se basa en una receta cerrada, que ignora los
aspectos fundamentales de cada persona, y que pretende dar con una respuesta en
el menor tiempo posible.
Es
probable que la respuesta resida en cuánto haya profundizado cada individuo en
su pasado, en sus raíces, en las razones de cada aspecto de
su personalidad, para así poder estudiar sus necesidades, aquello que lo hace
feliz, así como para defenderse de lo que amenace con derrumbar todo lo que
haya construido. La vocación debería ser aquello que nos llena, que da a cada
célula de nuestro cuerpo una sensación insuperable, una actividad que mientras
la realizamos nos haga sentir que no necesitamos de nada más. Contrastando esto
con el ritmo de vida que se lleva en la actualidad y con la creciente tendencia
de la gente de tapar los problemas con ruido y con dinero, se entiende que muy
pocos hayan oído ese llamado y
que aún menos personas le hayan hecho caso.
Y
este último punto nos lleva a comprender que la vocación requiere de mucho
trabajo para que no se convierta en un desperdicio de energía; saber que la
medicina es la razón de mi vida es el principio, y sólo tendrá sentido si
dedico cada día a estudiar y convertirme en un profesional más experimentado y
capacitado, con las herramientas suficientes para hacer de mi persona
alguien realmente útil.

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